En actitud de fiel respuesta a la llamada e Dios, el padre Juan Bonal y la Madre María Rafols, con 11 hermanas y 12 hermanos, salen de su tierra Barcelona y llegan a Zaragoza el 28 de diciembre de 1804. Ante Nuestra Señora del Pilar oran y ofrecen la naciente hermandad, pidiéndole su “protección y amparo para desempeñar con caridad y fervor el destino a que venían”.

Esta Historia comienza hace doscientos años…
En el Hospital de la Santa Cruz de Barcelona hay un grupo de voluntarios que se dedican a la atención del hospital. Un hospital del siglo XVIII es el albergue de toda clase de dolor; no pensemos en la hospitalización rápida de nuestros días. El hospital es refugio de transeúntes, casa de acogida para los huérfanos, espacio de recuperación para los enfermos, lugar de tratamiento de los dementes, reposo de las prostitutas, maternidad de madres solteras… Como si todas las obras sociales que hoy conocemos se concentraran en un lugar.
Atendiendo este puzzle de sufrimiento encontramos a un sacerdote, el padre Juan Bonal. Capellán del Hospital desde el dos de marzo de 1804, está coordinando la labor de estos voluntarios que están comprometidos con la aflicción de los otros.

Barcelona está exportando voluntarios ya, tres años después de que se establezca el primer grupo en el Hospital de la Santa Cruz. El amor siempre sale al encuentro de la necesidad porque experimenta como propio el dolor ajeno, y quiere subsanar la carencia y llevar a plenitud lo que se vislumbra. Siempre el amor es amplitud. Los hospitales de Mataró, Olot, Gerona, Figueras, Cervera, Tarragona, Valls cuentan con estos pequeños brotes que sueñan con ser ramas de un mismo árbol; el proyecto es formar una única congregación religiosa.

En Zaragoza, la Junta del Hospital de Nuestra Señora de Gracia anda buscando soluciones para una mejora en la atención de la Casa. No sabemos con certeza si fue Juan Bonal quien ofreció la posibilidad de establecer en el hospital una hermandad o la Junta lo solicita. Pero el 28 de diciembre de 1804 llegan a Zaragoza 12 hermanos y 12 Hermanas para atender, desde el 1 de enero de 1805, el hospital.
El 19 de mayo de 1807, un grupo de doce Hermanas va a encargarse del Hospital de Nuestra Señora de la Esperanza y de la casa de Misericordia de Huesca. Como superiora, Hna. Teresa Calvet. Así empieza, de forma más explícita la labor educativa de la hermandad. Sin embargo, Huesca y Zaragoza permanecerán jurídicamente independientes hasta el año 1868.
En 1808 estalla la Guerra de la Independencia y Zaragoza vive los Sitios. La hermandad masculina ha desaparecido; las presiones de los trabajadores asalariados, la inestabilidad vocacional, la carencia de una persona que aglutine, o que el trabajo no sea propio de su sexo son algunas de las posibles causas.

Las Hermanas se mantienen en pie. Vivir el cada día apasionadamente, hacer único el momento presente, les ha ido entrenando y cuando llega la guerra, el hambre, la inseguridad, el miedo y la pobreza, las encuentra preparadas. Fuertes en la fe, seguras en la esperanza, constantes en el amor. Afianzadas sobre la vivencia cotidiana de la hospitalidad están disponibles para vivirla como ofrenda y sacrificio, en una entrega continua y heroica, hasta dar la vida.

Cuando finaliza la guerra doce Hermanas se han dejado caer en el surco, muertas de cansancio, de hambre. Eran veintiuna; quedan nueve mujeres que van a pasar, como tantos otros, por la experiencia de no ser nadie, de no contar nada. Llega el afán de control y el intento de desvincular a las Hermanas de dos personas significativas: María Ráfols Y Juan Bonal.
María Ráfols, a pesar de su juventud, vino ya desde Barcelona como responsable del grupo de las Hermanas. Juan Bonal los conduce hasta Zaragoza y les ha acompañado siempre. Un hombre y una mujer proféticos, que atentos a las llamadas de Dios, responden.

La fraternidad parece romperse y llega la crisis. En algún momento la hermandad se compone únicamente de cinco Hermanas; las salidas se suceden, la incertidumbre es muy fuerte. Es el tiempo de la promesa.
Cuando la política vuelve a cambiar, parece que la situación de la hermandad se estabiliza. Sin embargo, hay varias Hermanas enfermas y los problemas con la Sitiada continúan porque quiere inmiscuirse en la intimidad de la hermandad.

Como contraste a este afán de constreñir, estos años ingresan en la hermandad varias jóvenes y las solicitudes para que las Hermanas vayan a fundar se suceden desde distintos puntos de la geografía española.
1824 es un año feliz. El sueño se ha cumplido; son una congregación religiosa. Se aprueban las Constituciones y cuatro Hermanas profesan públicamente, al año siguiente, sus votos perpetuos. Tres pertenecen al grupo fundacional: Hna. María Rafols, Hna. Tecla Canti y Hna. Raimunda Torrellas. La Hna. Teresa Rivera había ingresado en el año 1806.

La hermandad está consolidada; y el servicio hecho con todo detalle, con todo cariño, con el mayor amor, continúa. Así encuentra a las Hermanas, a su regreso en 1841, María Rafols. Vuelve a estar al frente de la Inclusa durante cuatro años, hasta que en 1845 la Sitiada le concede la jubilación. Su vida se está apagando, consumida en la entrega al que más lo necesita. Pero su Señor le concede ver cumplida la promesa que le hizo. El tiempo de espera se convirtió en esperanza, generó la fe y ha hecho posible la vivencia de un amor sin fronteras. No conoce la expansión de la congregación, pero la intuye, a través de los últimos acontecimientos que vivió: la inauguración de un oratorio propio, la elección de hna Magdalena Hecho como superiora, las vocaciones que se suceden… Mujer de certezas, sabe que el amor es siempre anchura y que la hermandad está consolidada.

La entrega de las Hermanas durante la epidemia de cólera de 1855, que atienden, además del hospital, dieciocho pueblos, hace que el gobernador de Zaragoza solicite y consiga una Real Orden por la cual la congregación pueda extenderse. Es el año 1857.

Las puertas están abiertas. En 1865, la Congregación pasa a denominarse “Hermanas de la Caridad de Santa Ana”, como muestra del cariño que desde los inicios se profesa a la madre de María de Nazaret. El 25 de abril de 1868, la comunidad de Huesca se incorpora a la congregación. Sesenta años de separación no significan sesenta años de lejanía… porque en el corazón no hay distancias.

La plantita que había comenzado a salirse del tiesto, comienza a adquirir solidez. Dos notas caracterizan la expansión de la Congregación, su saber discernir las necesidades de los hombres y mujeres de cada tiempo y su saber dar respuesta, incluso con la vida. Impresiona conocer la lista de Hermanas que hasta hoy han hecho presente la entrega que formularon el día de su Profesión. Ser caridad universal, principalmente con los más pobres y necesitados, hecha hospitalidad hasta el heroísmo.